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La escapada a Alpachiri

Texto y fotos: Sergio Leonardo Barral

(La siguiente nota fue escrita y editada en marzo de 2003 - No posee modificaciones desde entonces)


 

 

   Electrotecnia II, la peor de todas...  

 (Buenos Aires, principios de los años 90' / En el siguiente relato deliberadamente se omiten fechas y horas)


La vida universitaria es como la vida misma: una sucesión aparentemente infinita de exámenes, en los cuales a veces se aprueba y a veces no. Durante mi paso por la Universidad de Buenos Aires tuve que dar muchos exámenes con resultados diversos. Para mi satisfacción personal, tan solo una vez sufrí la humillación de reprobar y solo en un par de ocasiones "pegue en el palo" sacando miserables "aprobado (4)". Sin embargo, en ninguna de esas ocasiones salí de un examen tan vapuleado emocionalmente como la vez que rendí una materia llamada Electrotecnia II correspondiente al cuarto año de ingeniería electrónica. Obtuve un "bueno (6)" pero salí del aula de examen convertido en madre, o sea, me la hicieron parir.

El profesor que tomaba el examen era portador de un apellido que lo debe haber hecho objeto de la burla de los demás durante toda su vida. Supongo que esa era la razón por la cual tenía ese modo tan cruel de tomar examen. Literalmente te despellejaba. El método clásico de la cátedra era hacer elegir una tarjeta que contenía los temarios del examen. La "inteligencia" estudiantil conocía el contenido de gran cantidad de esas tarjetas. Había una que todos coincidían que era la "sentencia de muerte". Su temario constaba de un problema sobre generadores síncronos trifásicos y como puntos teóricos explicar qué es el péndulo de las maquinas síncronas, explicar el funcionamiento de motores asíncronos monofásicos y explicar el régimen térmico de las maquinas eléctricas.

Por lo que escribí hasta este momento le será fácil al lector imaginar cuál tarjeta me toco precisamente en suerte (o en desgracia). Así que allí me encontraba tratando de demostrar mis conocimientos sobre la materia en un fresco crepúsculo de las primeras semanas otoñales.

Cuando "creí" que había terminado, avisé a la mesa examinadora que estaba listo para ser torturado. Viene el citado profesor, se sienta a mi lado y comienza a leer. El problema estaba básicamente bien, pero había olvidado agregar el factor que convierte tensiones de fase en tensiones de línea en los sistemas trifásicos, lo cual es conceptualmente importante. Puedo asegurar que no me lo voy a olvidar nunca mas luego de la forma en que esa noche fijé ese concepto. Había arrancado mal, pues me jugaba a afirmarme en un primer punto bien hecho. El penduleo estaba mas o menos bien pero el profesor no demostró estar muy convencido. Pasamos a los monofásicos. En ese momento "la fiesta" entro en su apogeo. Las respuestas de las maquinas eléctricas ante las distintas condiciones de trabajo se expresan en forma grafica con unas curvas que son características de la maquina en cuestión. Esas curvas se trazan entre limites que podríamos llamar "útiles" de trabajo de la maquina, pero en realidad tales graficas continúan en ambas direcciones. Usualmente yendo hacia los extremos de las curvas se obtiene la destrucción de la maquina, pero no siempre es así. Al profe en cuestión le encantaba navegar por esas áreas de las curvas de las cuales nada decían los libros, así que había que recurrir al sentido común, al conocimiento o simplemente al azar.

Y ahí estaba yo "pedaleando" como podía. A cualquier cosa que decía obtenía un "NO" como toda respuesta del profe. Deseaba que se abriera la tierra y me tragara. O que se lo tragara a él. Después se le ocurrió ver que pasaba con esas curvas luego de agregar un capacitor para favorecer el arranque del motor. Es un método muy frecuente para hacer arrancar motores, pero lo que este tipo planteaba era que luego del arranque de la maquina, se debería dejar el capacitor intercalado. "que lo tiro! Que hago con esta porquería ahora?" pensaba para mis adentros. Recordaba al hilo lo que decían esos enormes libros rusos sobre maquinas que tuve que fagocitarme para presentarme al examen, pero a ninguno de esos cráneos se le había ocurrido plantear como sería ese caso, perfectamente posible y (para peor) usado algunas veces: Trate de hilvanar algo en base a lo que conocía.

Las respuestas seguían siendo monocordes "NO". Cuando decidió que era suficiente con ese punto yo estaba a punto de largarme a llorar: todo lo que creí que sabia el tipo terminaba diciéndome que no, siempre mirando al suelo y totalmente inexpresivo. Mis compañeros de examen también estaban aterrados porque todos habíamos leído la bibliografía "oficial" de la cátedra y reconocían que lo que yo respondía era básicamente correcto pero el tipo me decía que no.

Pasamos al ultimo punto: régimen térmico de las maquinas. Sabia que ese punto lo tenia perfecto, pero lo mismo creía respecto de los anteriores y me habían hecho sufrir como un condenado. Expuse mi ultimo punto temblando como una hoja. Terminé pero el profesor no dijo nada. Tomó mis escritos, los releyó un segundo y dijo: "esto mas o menos, esto mas o menos, esto flojito y esto bien", marcando los "mas o menos" como si quisiera decir "esto da asco". Hizo un silencio que a mi me pareció eterno y finalmente sentencio "espere la libreta afuera".

La agonía se prolongaba mientras salía del aula. Caminaba con dificultad porque no podía parar de temblar y no llore solo por una crónica deficiencia de lagrimas que me fuerza a usar lagrimas artificiales para mantener adecuadamente lubricadas mis eternamente ulceradas corneas. Fui el primero que termino su examen, así que no había nadie que haya visto u oído lo que ocurrió esperando en la puerta. Solo la usual bandada de aspirantes a sufrientes que proyectaban probar suerte en alguna fecha de examen próxima. Me encararon preguntándome el temario y como me había ido, a lo cual conteste "me hicieron pomada".

Un momento después (que no puedo precisar cuanto duró), la puerta se abrió y salió el profesor adjunto. "Barral, su libreta!". La tomé, la abrí con el corazón latiendo a mil y estuve a punto de hacerme encima cuando leí "aprobado (6)". A pesar de haber sorteado el escollo seguía temblando. Nunca me había sentido así. Ni antes ni después hasta el día de hoy. Al corto tiempo salió un compañero y a la vez vecino de mi casa que había preparado el examen conmigo. Estaba muy asustado, sobre todo luego de escuchar tanta respuesta negativa a una exposición aparentemente correcta. El también aprobó luego de pasar por un sufrimiento similar.


    "Un autentico escape en tren..."   


Durante el largo viaje de retorno a casa en el colectivo 24 seguía temblando y hasta creo que con taquicardia. Llegue a mi casa, tire (literalmente) mis cosas y le dije a mi familia "voy a viajar a alguna parte". "A donde?" me preguntaron. "No se" conteste y procedí a leer los horarios que FFAA tenia entonces, que eran iguales a los murales pero de formato mas reducido. Allí vi que estaba saliendo de Once el tren con destino a Toay y que ese día en particular llevaba acoplado el tren a Darregueira y Alpachiri. No hacía a tiempo a llegar a Once, pero podía tomarlo en Haedo. Tomé mi cámara y mi cuaderno de notas y salí.

Omnibus a Flores y eléctrico a Haedo. Estaba con el tiempo justo puesto que se trataba del local que llegaba a Haedo minutos antes del horario de llegada a esa estación del tren general. Cruce el túnel rápidamente y saque un boleto a Pehuajó. Todavía no se porque no saque de punta a punta (o sea hasta Alpachiri), tal vez para tener boletos mas raros, pero debo confesar que no lo pensé en ese momento.

El tren llegó a horario tirado por la 9055. Allí se produjo el relevo del personal que trajo el tren desde Once. Me acomode en el coche de primera, del lado izquierdo según la marcha del tren, ventanilla. Nunca había viajado en el Sarmiento mas allá de Mercedes, así que todo era nuevo para mi. Otro ingrediente de novedad era que esa sería la primera vez que viajaría en un tren que pasaría por las líneas recientemente concesionadas a FEPSA.

Después de tanto sufrimiento y tensión en las horas anteriores, esa poltrona de primera clase me pareció de un lujo y comodidad increíbles. Creo que el primer momento en el cual me relaje fue al sentarme allí. Fue una sensación de placer difícil de describir pero que cualquiera puede imaginar si alguna vez pasó por un momento de relajamiento profundo luego de estar muy tensionado.

Ese viaje realmente estaba teniendo efectos terapéuticos sobre mi aun cuando el tren no estaba en marcha. A poco de iniciarse ésta, cuando aun estábamos cruzando el área de playa de Haedo, pasó el guarda. Era muy veterano, pero me pareció contrastante con los que usualmente me cruzaba en los generales del Roca en el nocturno a Bahía Blanca, donde estaba montada toda una "industria" del viaje de polizón. En esa línea, ya era sabido que no había que sacar boleto, sino "pagarle" al guarda. El costo era la mitad del boleto en turista hasta Olavarria. Si uno viajaba mas allá de Olavarria debía repetir el "procedimiento" con los guardas que tomaban servicio en esa ciudad. Así, aunque el tren salía completo con gran cantidad de pasajeros de pie, supongo que las estadísticas "legales" dirían que no viajaba tanta gente. En el tren a Toay, a pesar de que transportaba muchos pasajeros, no note movimiento semejante.

 

La sección electrificada fue recorrida a velocidad moderada sin grandes novedades, dejando atrás Moreno, en donde comienza el paisaje semirrural de quintas. De noche solo se veían las luces de la Avenida (ex ruta 7) y de algunas casas.

Lujan tenía bastante movimiento, con muchos pasajeros para el tren general y los suburbanos. Continuamos: Jauregui, Olivera y Gowland. En esa última se produjo un espectáculo fascinante. Entre ella y Mercedes las vías del Sarmiento y del San Martín discurren a escasos metros una de otra. A esa hora también corría "El Martita", el tren del San Martín con destino a Rufino. Se dio la situación que ambos trenes corrían a horario así que entraron al tramo donde ambos ferrocarriles circulan juntos al mismo tiempo, produciéndose una "carrera" entre ambos trenes. Nuestra GT aceleró y lentamente comenzó a adelantar al Martita y a la altura del puente del Belgrano mi coche quedo a la altura de la locomotora de ese tren, que resultó ser una MLW FPD7 a la cual no le pude leer el numero. Entramos a Mercedes. Ningún pasajero demostró ninguna emoción en particular, pero yo me sentía como si hubiera ganado una carrera de F1, aunque solo era un pasajero mas.


    Rumbo al Sud-Oeste provincial   


Dejando atrás Mercedes, entramos en la sección general. Recuerdo haber visto Suipacha al pasar, pero nada mas, puesto que el sueño pudo más que la excitación de recorrer nuevas líneas. También desperté a la llegada a Bragado, así que fui hacia la locomotora para ver si conseguía algún vía libre, con resultado negativo puesto que no les habían entregado ningún vía libre de papel a los conductores.

Luego del relevo de personal de conducción y guardas y del intenso movimiento de pasajeros de esa estación, salimos rumbo sud-oeste, pero una vez mas el sueño fue mas fuerte. A duras penas desperté en Pehuajó, lugar hasta donde llegaba mi boleto.

Descendí en la estación y compre un boleto a Darregueira. Afuera se desarrollaba la maniobra de corte del tren. La GT salió primero con la sección que seguía a Toay y una GR12, la 6580, tomo el resto. Me volví a acomodar, esta vez en turista. El tren llevaba pocos pasajeros y la noche se había puesto fría, lo cual me produjo una sensación de desolación. Partimos con escasos minutos de atraso y una vez mas, el sueño ganó.

Mi sueño fue interrumpido por un fuerte sacudon acompañado del particular ruido que hacen los trenes cuando pasan por un puente cerrado. Se trataba del puente conocido como "de Duhau" por estar próximo a esa estación. Es el cruce del ex FCO sobre el ex FCRPB. El sacudon se debía a que uno de los apoyos del puente había cedido hundiéndose parcialmente el mismo. Hasta que llegara el momento de su reparación definitiva, provisoriamente se lo suplementó con una pila de durmientes, pero tal reparación nunca llegó.

Dormité un rato más, sin embargo me desperté al arribar a 30 de Agosto, a partir de donde ya no dormí más. En Tres Lomas comenzó a clarear, dejando ver el típico paisaje de la pampa húmeda. El tren paraba en todas las estaciones y en todas había movimiento de pasajeros y encomiendas, pero como el convoy era relativamente largo, daba la impresión de ir vacío. En el coche donde yo viajaba, apenas éramos cuatro o cinco pasajeros. El guarda se sentó frente a mi y conversamos un rato, lo cual me dio ocasión de pedirle boletos, pero no tuve mucha suerte, solo conseguí uno de los deseados tipo edmondson. Los demás eran SEREP y AHC2.


    S a l l i q u e l l ó   

 

Salliquelo fue la primera estación "grande" que pude ver con la luz de la mañana y la primera donde saque fotos, lo que me valió la invitación del personal de conducción a viajar en la locomotora. Iban tres personas: Conductor, foguista y piloto de FEPSA que era encargado de todo lo relativo a vías libres y operación de los desvíos.
 

 


La dotación de FA estaba basada en Pehuajó, no recuerdo de donde era el piloto de FEPSA. Y no cruzamos con otro tren durante todo el viaje entre Pehuajó y Darregueira. A la fecha, el de pasajeros era el único servicio en el sector Pehuajo-Rivera.

El personal del pasajeros estaba manifiestamente disgustado por no haber podido pasar a FEPSA, puesto que a pesar de tener que trabajar en condiciones que no eran las tradicionales, en esa empresa de cargas los sueldos eran mejores y le veían mas futuro que a la futura provincial bonaerense. Después de todo, Pehuajó había quedado "sumergida" en la concesión de FEPSA, por lo tanto todo el personal que no había pasado a la operadora de cargas era "sobrante" y eso había trastocado las relaciones interpersonales entre los que hasta meses atrás eran compañeros de toda la vida. Durante las horas que estuve en esa GR-12 no me costo nada constatar esta situación, puesto que el maquinista (principalmente) la exteriorizaba sin ningún reparo.

Al sur de Salliqueló existen dos posibilidades de alcanzar Rivera: una es la vía a Carhue (ex FCO) y otra directa (ex FCBBNO). La primera era la más clásica de este tren, pero las inundaciones (en el lago Epecuén) forzaron a su cierre, así que circulamos por la solitaria opción del BBNO (F.C.Bahía Blanca Nor Oeste), con dos estaciones intermedias en medio de la nada. Dejamos atrás Salliqueló y sus afiches publicitando un recital de Banana Pueyrredon para esa noche.


    Rivera, sobre vías del ex B.B.N.O.   

 

Ahora el paisaje era el mismo pero el ferrocarril era distinto. Habíamos dejado el FCO y entramos en el BBNO, lo cual se notaba en todas las obras de arte.

El conductor seguía manifestando su disgusto a través del maltrato del material: golpes, poco o ningún respeto por las precauciones establecidas. En contraste, estaba de buen animo para conversar sobre su historia personal y sobre como veía la situación de aquel momento. En la cabina norte de Rivera nos detuvimos y el piloto descendió para accionar el cambio. El tren pasó y debimos detenernos nuevamente para esperarlo a que reponga el mismo a su posición normal y vuelva a la maquina.

 

 

 

Rivera tuvo poco movimiento de pasajeros, sin embargo la parada fue de unos minutos más de lo programado por demoras en la obtención de la AUV (Autorización de uso de vía). Era la primera vez que veía ese procedimiento (se ve que salimos con AUV desde Pehuajó a Rivera por eso no lo había notado antes, pues solo reportaban las pasadas por las estaciones con la radio) pero el piloto estaba reticente a explicar como era la cosa y la yunta de FA se empeñaba en hacerlo sentir molesto, así que me quede con las ganas de conocer mas.

El tren realizó su servicio en los pueblos que aparecen al sur de Rivera: Delfín Huergo, Esteban Gascón y Canónigo Gorriti, sin embargo las paradas fueron breves y con poco movimiento de gente. No se como seguía el tren porque no volví a los coches, pero supongo que seguían tan vacíos como antes.


    D a r r e g u e i r a   

 

Entramos a Darregueira y el piloto de FEPSA se bajó rápidamente y desapareció. No lo culpo, lo habían tratado mal durante todo el viaje. Bajamos todos: los conductores rumbo a su comuna a esperar el viaje de regreso y yo a ver que podía espiar por ahí. La despedida fue breve, con intercambio de direcciones y números de teléfono por si alguna vez nos volvíamos a ver.

 

   

 

La playa de la estación estaba llena de tolvas cerealeras y había un par de locomotoras de FEPSA. Tomé tres o cuatro fotos hasta que apareció un empleado que de muy mala manera me indico que estaba prohibido hacerlo.

Saque pasaje a Alpachiri y espere a que armaran el tren. Salimos con la misma GR12 el furgón y un turista. Los maquinistas no estuvieron muy receptivos y no me dieron ni cinco de pelota así que viaje en los coches.

Se percibía un clima general de tensión entre el personal ferroviario. Parece que la nueva empresa los había vuelto paranoicos a todos o tenían miedo de que los echen a la primera de cambio. Hay veces que me pregunto si no podían mostrar el mismo celo en sus labores cuando trabajaban para el estado nacional.

 


    Si de ramales secundarios se trata...   

 

Finalmente salió el tren hacia el norte, en sentido contrario al que habíamos llegado puesto que el empalme a Alpachiri se encuentra del lado norte. A poco de salir por el empalme, hay una fuerte curva hacia el oeste y enseguida aparecen los restos de Cañada Mariano.

Si el tren a Darregueira me parecía solitario era porque aun no había visto el de Alpachiri. Solo era un coche que llevaba apenas cinco pasajeros más el guarda. Todos me miraban, puesto que era el único desconocido. Los demás pasajeros viajaban todos juntos en un extremo del coche y yo me había sentado en el otro, mas próximo a la locomotora para tener menos distancia que correr para tomar fotos.

Pasó el guarda y me picó el boleto. En el otro extremo del coche seguían conversando entre ellos y mirándome. Finalmente uno asumió el rol de embajador y se acercó al otro extremo del coche para interrogarme amablemente. Luego de saludarme, se sentó frente a mi y me pregunto si tenía familiares en alguno de los pueblos por donde pasaría el tren. Respondí negativamente. Entonces "mi viaje era seguro por negocios" (me dijo). ¡Pero tampoco lo era....!

Me costo cierto trabajo explicarle que estaba haciendo ese viaje por el placer de viajar en tren. Mi ocasional interlocutor recordaba solo una vez un caso similar de alguien que había ido a Alpachiri solo por el placer de viajar. Supuse que se trataba del autor sobre una nota relativa a ese viaje publicada en una revista para aficionados de ese tiempo.

El paisaje era arenoso pero el suelo se veía fértil. La estación Avestruz pasó casi inadvertida, puesto que solo queda en pie el tanque de agua.

Poco mas tarde llegamos a Guatrache, el punto mas importante del recorrido. La estación tiene un edificio importante y en buen estado y con muchos árboles frondosos en el anden que dificultan la tarea de fotografiar.

La parada fue breve, solo bajó un pasajero y no hubo movimiento de encomiendas. Salimos rápidamente hacia el oeste hasta alcanzar el empalme con la vía a Remecó y de allí nos desviamos hacia el norte.

 

A partir de allí el paisaje cambia radicalmente. La llanura arenosa deja paso a una región serrana de pendientes ásperas y escarpadas. La vía comienza a serpentear buscando la manera mas suave de cruzar, y lo logra a costa de grandes terraplenes, trincheras dinamitadas en los contrafuertes rocosos y centenares de metros de trayecto de cornisa al borde de un precipicio de apreciable profundidad.

 

General Manuel J. Campos pasó desapercibida. Es un pueblo pequeño y silencioso. El tren paró pero nada sucedió en ella así que rápidamente retomamos la marcha. El paisaje paulatinamente se fue suavizando. A la parada Apuyaco ni siquiera la distinguí. Y finalmente arribamos a nuestro destino...


    Alpachiri, la mítica punta de rieles   

 

La estación Alpachiri estaba radiante con su pintura nueva de colores fuertes pero a la vez agradables. Apenas detenido el tren se desenganchó la maquina y se procedió a invertirla de punta. Quise sacar fotos de la maniobra pero justo se me acabó el rollo. Maldecí para mis adentros y traté de reemplazar la película tan rápido como pude, pero solo capturé los momentos finales de la maniobra.

 

Fue curioso, que en vez de hacer pasar la locomotora por la vía segunda, la hicieron pasar por la ultima vía de playa, pegada a los galpones de carga. Una vez enganchada del otro extremo del tren, los conductores apagaron el motor, cerraron todo y guardaron el equipo portátil en uno de los cuartos de la estación (que parecía sin personal), retirándose a su descanso.

Quede solo en la estación, así que comencé a recorrerla con el fin de hacer el esquema de sus vías en mi libreta de notas. Así pude ver que la estación contó con grandes silos hoy demolidos, triangulo para invertir las maquinas y un enorme desvío particular de la Junta Nacional de Granos ubicado fuera del cuadro de la estación en su lado norte. Una vez terminado el plano, salí del área de la estación buscando cualquier facilidad que el pueblo pudiera ofrecerme. Muchas posibilidades no había. Un bar pequeño en la también pequeña estación de ómnibus. Nada mas. Tenía dos opciones: quedarme o irme a otro pueblo y volver desde allí. En este ultimo caso había varias posibilidades: Toay, Telen, Arizona, Ingeniero Luiggi. Cualquiera era igualmente tentadora para mi porque no había estado en ninguna de ellas.

Después de caminar por todo el pueblo, cosa que no llevo mucho tiempo y viendo los horarios de los micros, decidí volver desde Toay. Ahora bien, faltaban seis horas hasta la salida del micro a Santa Rosa, así que debía hacer algo para matar el tiempo. Previsor de que tendría bastante tiempo libre, me lleve una tira de problemas de la materia que figuraba como siguiente a dar examen. Tenia dos posibilidades: sentarme en la plaza o en la terminal de ómnibus. La plaza era grande, limpia y muy bien cuidada, pero lamentablemente los bancos no quedaban a la sombra de los árboles y el sol se estaba poniendo fuerte. Así, pase gran parte de ese tiempo en la terminal de ómnibus.

Almorcé en el pequeño bar de esa terminal y conversé con la mujer que lo atendía. Así me entere que el jefe de estación (en tiempos de FFAA) y el intendente habían hecho mucha fuerza para la reimplantación del tren a ese pueblo. Luego de bregar varios años lo obtuvieron, así como también la puesta en condiciones de la estación.

 

Las horas pasaron tranquilas. Solo llegaron dos micros en todo el día con distintos destinos. Finalmente llegó mi vehículo y encaré mi próximo destino: Santa Rosa. Desde esa ciudad, partí rumbo a Buenos Aires con la mismísima GT-22 9055, la cual llevó nuestro tren durante toda la noche por la vía principal del Sarmiento. De esa forma, kilómetro tras kilómetro fue amaneciendo y el viaje terminaba para mi. En Haedo, muchos nos bajamos. Más despedidas y vuelta en eléctrico a Flores y colectivo a casa. Del examen, ya ni me acordaba...

 

Sergio Leonardo Barral  -  Marzo de 2003

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*  FEDE PALLÉS  *  SATÉLITE FERROVIARIO  *

 
 

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